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Mente Digital v/s Mente Analógica

Nosotros no decimos:
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?...

 

 

Mente Digital v/s Mente Analógica o
Pensamiento Secuencial v/s Pensamiento Trascendente.

 

(Los que han practicado meditación, saben de qué estamos hablando)

 

Autores: Louis Pauwels y Jaques Bergier - "El Retorno de los Brujos"

Conocida es la diferencia entre la aritmética y las matemáticas. El pensamiento matemático, desde Evariste Galois, ha descubierto un mundo que es extraño al hombre, que no corresponde a la experiencia humana, al universo tal como lo conoce la conciencia humana ordinaria. La lógica que actúa a base del sí ó el no, es remplazada en él por una superlógica que opera simultáneamente con el sí y el no. Esta superlógica no es del dominio del razonamiento, sino de la intuición. En este sentido puede decirse que la intuición, es decir, una facultad «salvaje», un poder «insólito» del espíritu, «rige ahora en grandes sectores matemáticos».

¿Cómo funciona normalmente el cerebro? Funciona como máquina aritmética. Funciona como máquina binaria: sí, no; conforme, no conforme; verdadero, falso; amo, no amo; bueno, malo. Dentro del sistema binario, nuestro cerebro es invencible. Los grandes calculadores humanos han logrado superar a las máquinas electrónicas.

¿Qué es una máquina electrónica aritmética? Es una máquina que, con rapidez extraordinaria, clasifica, acepta, rechaza y ordena en series diversos factores. En una palabra, es una máquina que pone orden en el Universo. Imita el funcionamiento de nuestro cerebro. El hombre clasifica, y lo tiene a honor. Todas las ciencias se han construido gracias a un esfuerzo de clasificación.

Sí, pero ahora existen también máquinas electrónicas que no funcionan sólo aritméticamente, sino analógicamente. Ejemplo: si quieren ustedes estudiar todas las condiciones de resistencia de la presa que están construyendo, hagan una maqueta de la presa. Realicen todas las observaciones posibles sobre la maqueta. Proporcionen a la máquina el conjunto de estas observaciones. La máquina coordina, compara, a velocidad inhumana, establece todas las conexiones posibles entre las mil observaciones de detalle, y les dice:

«Si no refuerzan ustedes la cuña del tercer pilar de la derecha, reventará en 1984

 

La máquina analógica ha fijado, con su ojo inmóvil e infalible, todo el conjunto de reacciones de la presa, después ha considerado todos los aspectos de la existencia de la misma, ha asimilado esta existencia y ha deducido de ella todas sus leyes. Ha visto el presente en su totalidad, estableciendo, a una velocidad que contrae el tiempo, todas las relaciones posibles entre todos los factores particulares, y ha podido ver, al mismo tiempo, el futuro. En resumidas cuentas, ha pasado del saber al conocimiento.

Pues bien, nosotros pensamos que el cerebro también puede, en ciertos casos, funcionar como una máquina analógica [esto es una analogía o “maqueta” de la realidad], es decir:

1.° Reunir todas las observaciones posibles sobre una cosa.
2.° Establecer la lista de todas las relaciones constantes entre los múltiples aspectos de las cosas.
3.° Llegar a ser, en cierto modo, la cosa misma, asimilar su esencia y descubrir la totalidad de su destino.

Todo esto, naturalmente, a velocidad electrónica, realizando decenas de millares de conexiones en un tiempo como atomizado. Esta serie fabulosa de operaciones precisas, matemáticas, es lo que llamamos a veces, cuando el mecanismo se dispara por azar, iluminación.

Si el cerebro puede funcionar como una máquina analógica, puede también trabajar, no sobre la cosa misma, sino sobre una maqueta de ella. No sobre el mismo Dios, sino sobre un ídolo. No sobre la eternidad, sino sobre una hora. No sobre la Tierra, sino sobre un grano de arena. Es decir: puede ver, en una imagen que haga el papel de maqueta y estableciendo conexiones a velocidad que rebase el más rápido razonamiento binario, como decía Blake, «El Universo en un grano de arena y la eternidad en una hora».

Si esto ocurriese así, si la velocidad de clasificación, de comparación y de deducción se hallase formidablemente acelerada, si nuestra inteligencia se encontrase, en ciertos casos, como la partícula del ciclotrón, tendríamos la explicación de toda la magia. Partiendo de la observación de una estrella a simple vista, el sacerdote maya hubiese podido reconstruir en su cerebro el conjunto del sistema solar y descubrir Urano y Plutón sin telescopio (según parecen atestiguar ciertos bajorrelieves). Partiendo de un fenómeno en el crisol, el alquimista hubiese podido lograr una representación exacta del átomo más complejo y descubrir el secreto de la materia. Se tendría la explicación de la fórmula según la cual: «Lo que está en lo alto es igual que lo que está en lo bajo». Y en el terreno más grosero de la magia imitativa, se comprendería cómo el mago de Cromagnon, contemplando en su gruta la imagen del bisonte ceremonial, lograba captar el conjunto de las leyes del mundo del bisonte y anunciar a la tribu la fecha, el lugar y el tiempo más favorable para la próxima cacería.

Los técnicos de la cibernética han perfeccionado máquinas electrónicas que funcionan primero aritméticamente y después analógicamente. Estas máquinas son particularmente útiles para descifrar mensajes en clave. Pero los sabios son así: se niegan a imaginar que el hombre pueda ser lo mismo que ha creado. ¡Extraña humildad!

Nosotros admitimos esta hipótesis: el hombre posee un aparato al menos igual, si no superior, a todos los aparatos técnicamente realizables, destinado a alcanzar el resultado que es objeto de toda técnica, a saber la comprensión y el manejo de las fuerzas universales. ¿Por qué no ha de poseer una especie de máquina electrónica en las profundidades de su cerebro? Hoy sabemos que las nueve décimas partes del cerebro humano no son utilizadas en la vida consciente normal; el doctor Warren Penfield ha demostrado la existencia, en nosotros, de este vasto campo silencioso. ¿Y si este campo silencioso fuese una inmensa sala de máquinas en funcionamiento, que espera sólo una voz de mando? Si esto fuera así, la magia tendría razón.

Tenemos un correo: las secreciones hormonales parten a provocar excitaciones en mil lugares de nuestro cuerpo.
Tenemos un teléfono: nuestro sistema nervioso; me pinchan y grito, siento vergüenza y me ruborizo, etc.

¿Por qué no hemos de tener una radio? Tal vez el cerebro emite ondas que se propagan a gran velocidad y que, como las ondas de alta frecuencia, que discurren por los conductores huecos, circulan por el interior de los cilindros de mielina. En este caso, poseeríamos un sistema de comunicaciones, de conexiones, desconocido. Acaso nuestro cerebro emite tales ondas sin cesar, pero no utilizamos los receptores, o tal vez éstos sólo funcionan en raras ocasiones, como esos aparatos de radio mal construidos, a los que un golpe hace momentáneamente sonoros.

Yo tenía siete años. Estaba en la cocina, junto a mi madre, que fregaba la vajilla. Mi madre cogió un estropajo (lavette) para quitar la grasa de los platos, y pensó, en el mismo momento, que su amiga Raymonde llamaba al estropajo «una relavote». Yo estaba charlando, pero me interrumpí en el mismo instante para decir: «Raymonde llama a esto una relavote», y seguí con lo que hablaba. No recordaría este incidente si mi madre, vivamente impresionada, no me lo hubiese recordado a menudo, como si con ello hubiese rozado un gran misterio, sentido, en un hálito de gozo, que yo era ella, recibido una prueba sobrehumana de mi amor. Más tarde, cuando yo la hacía sufrir, evocaba aquel segundo de «contacto», como para convencerse de que algo más profundo que su sangre había pasado de ella a mí.

Sé perfectamente lo que hay que pensar de las coincidencias, incluso de las coincidencias privilegiadas que llama Jung «significativas»; pero tengo la impresión, por haber vivido momentos análogos con un amigo muy querido, con una mujer apasionadamente amada, que hay que rebasar la noción de la coincidencia y atreverse a llegar a la interpretación mágica. Basta con entendernos sobre la palabra «mágica».

¿Qué pasó aquel día en la cocina, cuando yo tenía siete años? Creo que, independientemente de mi voluntad (y a causa de un imperceptible choque, de un temblor ínfimo comparable a la onda ligera que hace caer un objeto largo tiempo en equilibrio, un temblor ínfimo debido a un puro azar), una máquina que hay dentro de mí, sensibilizada infinitamente a la sazón por mil y mil impulsos de amor, de este amor sencillo, violento y exclusivamente de la infancia, se puso bruscamente a funcionar. Esta máquina, nueva y a punto en el campo silencioso de mi cerebro, en la fábrica cibernética de la Bella Durmiente del Bosque, contempló a mi madre. La vio, Captó y clasificó todas las facetas de su pensamiento, de su corazón, de sus humores, de sus sensaciones; se convirtió en mi madre; tuvo conocimiento de su esencia y de su destino hasta aquel instante. Registró y ordenó, a velocidad mayor que la de la luz, todas las asociaciones de sentimientos y de ideas que habían desfilado por mi madre desde su nacimiento, y llegó a la última asociación: la del estropajo, Raymonde y la relavote. Entonces, expresé el resultado del trabajo de la máquina, ejecutado con tan formidable rapidez que sus frutos pasaban por mi interior sin dejar rastro, como nos cruzan los rayos cósmicos sin provocar ninguna sensación. Dije: «Raymonde llama a esto una relavóte». Después, la máquina se detuvo, o bien yo dejé de ser receptor después de haberlo sido una millonésima de segundo, y reanudé la frase interrumpida. Antes de que el tiempo se detenga o de que se acelere en todos los sentidos, pasado, presente y futuro: es la misma cosa.

En otras ocasiones, debía tropezar con «coincidencias» de la misma naturaleza. Pienso que es posible interpretarlas de esta manera: Es verosímil que la máquina funcione constantemente, pero que nosotros sólo podemos ser receptores ocasionalmente. Más aún, esta receptividad tiene que ser rarísima. Sin duda es nula en ciertos seres. Igual que hay «gente con suerte» y gente que no la tiene. Los afortunados serían los que, a veces, reciben mensajes de la máquina: ésta ha analizado todos los elementos de la coyuntura, ha clasificado, elegido y comparado todos los efectos y las causas posibles, y, al descubrir así el mejor camino del destino, ha pronunciado su oráculo, que ha sido recogido sin que la conciencia haya sospechado siquiera el formidable trabajo realizado. Éstos, en efecto, son los «amados de los dioses». De vez en cuando, están conectados con su fábrica. Por lo que a mí atañe, tengo lo que se llama «suerte».

Y todo me inclina a creer que los fenómenos que presiden esta suerte son del mismo orden que los que presidieron la historia de la relavote.

Así empezamos a darnos cuenta de que la concepción mágica de las relaciones del hombre con el prójimo, con las cosas, con el espacio y con el tiempo, no es absolutamente ajena a una reflexión libre y viva sobre la técnica y la ciencia modernas. Precisamente la modernidad nos permite creer en lo mágico. Las máquinas electrónicas hacen que consideremos seriamente al hechicero de Cromagnon y al sacerdote maya. Si en el campo silencioso del cerebro humano se establecen conexiones ultrarrápidas, y si, en ciertas circunstancias, el resultado de este trabajo es captado por la conciencia, ciertas prácticas de magia imitativa, ciertas revelaciones proféticas, ciertas iluminaciones poéticas o místicas, ciertas adivinaciones que cargamos en la cuenta del delirio o del azar, tienen que considerarse como adquisiciones del espíritu en estado de vigilia.

Hace ya muchos años que sabemos que la Naturaleza no es razonable. No está de acuerdo con el mundo ordinario del funcionamiento de la inteligencia. Para la parte de nuestro cerebro normalmente en uso, toda situación es binaria. Esto es blanco o negro. Es que sí o es que no. Es continuo o discontinuo. Nuestra máquina de comprender es aritmética. Clasifica, compara. Todo El Discurso del Método se funda en esto. Y también toda la filosofía china del Yin y del Yang (y el Libro de las mutaciones, único libro de oráculos cuyas reglas nos haya transmitido la antigüedad, se compone de figuras gráficas: tres líneas continuas y tres discontinuas en todos los órdenes posibles). Pues bien, como decía Einstein en los últimos tiempos de su vida: «Me pregunto si la Naturaleza hace siempre el mismo juego.» Parece, en efecto, que la Naturaleza escapa a la máquina binaria que es nuestro cerebro en su estado de actividad normal. Desde Louis de Broglie, nos hemos visto obligados a admitir que la luz es a la vez continua y fragmentada.

Pero ningún cerebro humano ha logrado llegar a una representación de tal fenómeno, a una comprensión interna, a un conocimiento real. Se admite. Se sabe. No se conoce. Suponed ahora que, ante un modelo de la luz (toda la literatura y la iconografía religiosa abundan en evocaciones de la luz), un cerebro pasa del estado aritmético al estado analógico, en el relámpago del éxtasis. Entonces se convierte en la luz. Ve el incomprensible fenómeno. Nace con él. Lo conoce. Llega hasta donde no alcanza la inteligencia sublime de De Broglie. Después vuelve a caer; se ha roto el contacto con las máquinas superiores que funcionan en la inmensa galería secreta del cerebro. Su memoria no le restituye más que retazos del conocimiento que acaba de adquirir. Y el lenguaje es incapaz de traducir siquiera estos retazos. Tal vez algunos místicos conocieron así los fenómenos de la Naturaleza que nuestra inteligencia moderna ha logrado descubrir, admitir, pero no ha conseguido integrar.

«Y, como yo, el escriba pregunta cómo, o qué cosa veía ella o si veía cosa corporal. Ella respondía así: veía una
plenitud, una claridad, la cual me llenaba de tal manera que no puedo expresarlo ni puedo dar ninguna similitud...
»

He aquí un pasaje del dictado de Angele de Foligno a su confesor, realmente significativo.





El calculador electrónico, ante una maqueta matemática de presa o de avión, funciona analógicamente. En cierta manera, se convierte en presa o en avión y descubre la totalidad de los aspectos de su existencia. Si el cerebro puede actuar de igual manera, empezamos a comprender por qué el brujo fabrica una estructura que evoque el enemigo al que quiere dañar o dibuja el bisonte cuyo rastro quiere descubrir. Con estas maquetas, espera que su inteligencia pase del estado binario al estado analógico, que su conciencia pase del estado ordinario al estado de vigilia superior. Espera que la máquina empiece a funcionar analógicamente, que se produzcan, en el campo silencioso de su cerebro, conexiones ultrarrápidas que le entreguen la realidad total de la cosa representada. Espera, pero no pasivamente. ¿Qué hace? Ha elegido la hora y el lugar en función de enseñanzas antiguas, de tradiciones que son acaso resultado de una suma de ensayos a tientas.

Tal momento de tal noche, por ejemplo, es más favorable que tal otro momento de tal otra noche, tal vez a causa del estado del cielo, de la radiación cósmica, de la disposición de los campos magnéticos, etc. Se coloca en una cierta postura bien determinada. Hace ciertos gestos, una danza particular, pronuncia ciertas palabras, emite sonidos, modula un silbido, etc. Todavía nadie se ha dado cuenta de que podría tratarse de técnicas (embrionarias, vacilantes) destinadas a provocar la puesta en marcha de las máquinas ultrarrápidas contenidas en la parte dormida de nuestro cerebro. Acaso los ritos no son más que conjuntos completos de disposiciones rítmicas capaces de operar una puesta en marcha de estas funciones superiores de la inteligencia. Giros de manivela, en cierto modo, más o menos eficaces. Todo nos inclina a creer que la puesta en marcha de estas funciones superiores, de estos cerebros electrónicos analógicos, exige empalmes mil veces más complicados y sutiles que los que funcionan en el paso del sueño a la lucidez.

Desde los trabajos de Von Frisch, sabemos que las abejas poseen un lenguaje: dibujan en el espacio, en el curso de sus vuelos, figuras matemáticas de una infinita complicación, y así se comunican los informes necesarios para la vida de la colmena. Todo induce a creer que el hombre, para establecer comunicación con sus poderes más elevados, tiene que poner en juego impulsos al menos igualmente complejos, igualmente tenues y ajenos a lo que determinaba habitualmente sus actos intelectuales.

Los rezos y los ritos ante los ídolos, ante las imágenes simbólicas de las religiones, serían, pues, intentos de captar y orientar las energías sutiles (magnéticas, cósmicas, rítmicas, etc.), en vista a la puesta en marcha de la inteligencia analógica que permitiría al hombre conocer la divinidad representada.

Si esto es así, si existen técnicas para obtener del cerebro un rendimiento sin parangón con los resultados de la inteligencia binaria más desarrollada, y si estas técnicas no fueron buscadas hasta hoy más que por los ocultistas, se comprende que la mayoría de los descubrimientos prácticos y científicos de antes del siglo XIX fuesen logrados por aquéllos.

Nuestro lenguaje, al igual que nuestro pensamiento, procede del funcionamiento aritmético, binario, de nuestro cerebro. Clasificamos en sí o no, en positivo o negativo; establecemos comparaciones y sacamos deducciones. Si el lenguaje nos sirve para poner orden en nuestro pensamiento, enteramente ocupado en clasificar, comprenderemos forzosamente que no es un elemento creador exterior, un atributo divino. El lenguaje no añade un solo pensamiento al pensamiento. Si hablo o escribo, freno mi máquina. No puedo describirla más que observándola en movimiento retardado. No expreso, pues, más que mi toma de conciencia binaria del mundo, y aun, solamente, cuando esta conciencia deja de funcionar a la velocidad normal. Mi lenguaje sólo da fe del movimiento retardado de una visión del mundo que limita a su vez el sistema binario. Esta insuficiencia del lenguaje es evidente y vivamente lamentable. Pero, ¿qué decir de la insuficiencia de la propia inteligencia binaria? Se le escapa la existencia interna, la esencia de las cosas. Puede descubrir que la luz es continua y discontinua a la vez, que la molécula del benceno establece entre sus seis átomos relaciones dobles y, no obstante, mutuamente excluyentes: lo admite, pero no puede comprenderlo, no puede adaptar a su propia marcha la realidad de las estructuras profundas que examina. Para llegar a ello, tendría que cambiar de estado, sería preciso que otras máquinas distintas de las normalmente empleadas empezaran a funcionar en el cerebro, y que el razonamiento binario fuere reemplazado por una conciencia analógica que revistiese las formas y asimilara los ritmos inconcebibles de estas estructuras profundas. Sin duda esto se produce en la intuición científica, en la iluminación científica, en la iluminación poética, en el éxtasis religioso y en otros casos que ignoramos. El recurso a la conciencia despierta, es decir, a un estado diferente del estado de vigilia lúcida, constituye el leitmotiv de todas las filosofías antiguas. También es el leitmotiv de los más grandes físicos y matemáticos modernos, para quienes «algo debe de ocurrir en la conciencia humana para que pase del saber al conocimiento».

No es, pues, sorprendente que el lenguaje, que sólo logra referirse a una conciencia del mundo en estado de vigilia lúcido, se oscurezca en cuanto trata de expresar las estructuras profundas, ya sean la luz, la eternidad, el tiempo, la energía, la esencia del hombre, etcétera. Sin embargo, nosotros distinguimos dos clases de oscuridad.

[N del T: En el original se emplean los términos éveil (alerta) y vieille (vigília), atribuyendo a aquél un sentido superior, como un despertar del estado de vigília a otro estado más clarividente]

Una de ellas procede de que el lenguaje es el vehículo de una inteligencia que se aplica a examinar aquellas estructuras sin poder jamás asimilarlas. Es el vehículo de una naturaleza que choca en vano con otra naturaleza. En el mejor de los casos, sólo puede aportar el testimonio de una imposibilidad, el eco de una sensación de impotencia y de destierro. Su oscuridad es real. No es, precisamente, más que oscuridad.

La otra viene de que el hombre, que trata de expresarse, ha conocido, como relámpagos, otro estado de conciencia. Ha vivido un instante en la intimidad de las estructuras profundas. Las ha conocido. Es el místico del tipo san Juan de la Cruz, el sabio iluminado del tipo Einstein, el poeta inspirado del tipo William Blake, el matemático arrobado del tipo Galois, el filósofo visionario del tipo Meyrink.

Al caer de nuevo, el «vidente» no sabe comunicar lo que ha visto. Pero, aun así, expresa la certeza positiva de que el Universo sería manejable si el hombre lograse combinar lo más íntimamente posible el estado de vigilia y el estado de supervigilia. En tal lenguaje aparece algo eficaz, el perfil de un instrumento soberano. Fulcanelli, al hablar del misterio de las catedrales; Wienner, al hablar de la estructura del Tiempo, son oscuros; pero en ellos la oscuridad deja de ser oscuridad: es la señal de que algo brilla al otro lado.

Es indudable que sólo el lenguaje matemático moderno da cuenta de ciertos resultados del pensamiento analógico. Existen, en física y matemáticas, los terrenos de «más allá absoluto» y de los «continuos de medida nula», es decir, medidas sobre universos inconcebibles y, sin embargo, reales. Uno puede preguntarse por qué los poetas no han ido todavía a escuchar, al lado de esta ciencia, el canto de las realidades fantásticas, si no es por temor a tener que reconocer esta evidencia: que el arte mágico vive y medra fuera de sus gabinetes.

Este lenguaje matemático que da fe de la existencia de universos que escapan a la conciencia normalmente lúcida, es el único que está en actividad, en funcionamiento constante.

Los «seres matemáticos», es decir, las expresiones, los signos que simbolizan la vida y las leyes del mundo invisible, del mundo impensable, desarrollan, fecundan, otros «seres». Hablando con propiedad, este lenguaje es la verdadera «lengua verde» de nuestro tiempo.

Sí, la «lengua verde», el argot en el sentido original de esas palabras, en el sentido que se le daba en la Edad Media (y no en el sentido descolorido que le suponen hoy los literatos que quieren creerse «liberados»), volvemos a encontrarlo en la ciencia de vanguardia, en la física matemática, que es, si la miramos de cerca, un desarreglo de la inteligencia admitida, una ruptura, una visión.

(...)

El hombre puede penetrar los secretos, ver la luz, ver la Eternidad, captar las leyes de la energía, incorporar a su marcha interior el ritmo del destino universal, tener un conocimiento sensible de la última convergencia de las fuerzas y, como Teilhard de Chardin, vivir de la vida incomprensible del punto Omega, en el que toda creación se encontrará, al fin del tiempo terrestre, a la vez cumplida, consumada y exaltada. El hombre lo puede todo. Su inteligencia, equipada sin duda desde el origen con un conocimiento infinito, puede, en ciertas condiciones, captar el conjunto de mecanismos de la vida.

El poder de la inteligencia humana enteramente desplegada puede, probablemente, extenderse a la totalidad del Universo. Pero este poder se detiene donde esta inteligencia, llegada al término de su misión, presiente que hay todavía «algo» más allá del Universo. Aquí, la conciencia analógica pierde toda posibilidad de funcionar. En el Universo no hay modelos de lo que está más allá del Universo. Esta puerta infranqueable es la del Reino de Dios. Aceptamos la expresión, en este grado: «Reino de Dios.»

Por haber intentado desbordar el Universo, imaginando un número más grande que todo lo que podría concebirse en el Universo, por haber intentado construir un concepto que el Universo no podría llenar, el genial matemático Cantor naufragó en la locura. Hay una última puerta que la inteligencia analógica no puede abrir. Pocos textos igualan en grandeza metafísica a aquel en que H. P. Lovecraft intenta describir la inconcebible aventura del hombre despierto que logró entreabrir aquella puerta y pretendió deslizarse en el lugar en que reina Dios más allá del infinito...

«Sabía que un tal Randolph Cárter, de Boston, había existido; no podía, empero, saber si aquel Randolph Cárter era él, fragmento o receta de entidad más allá de la Última Puerta, o si era otro. Su "yo" había sido destruido, y, sin embargo, gracias a alguna facultad inconcebible, tenía igualmente conciencia de ser una legión de "yos". Ello si, en un lugar en que estaba abolida la menor noción de existencia individual, podía sobrevivir, bajo cualquier forma, una cosa tan singular. Era como si su cuerpo hubiese sido bruscamente transformado en una de esas imágenes de múltiples miembros y cabezas de los templos hindúes. En un esfuerzo insensato, contemplando esta aglomeración, trataba de separar de ella su cuerpo original... si es que aún podía existir un cuerpo original...
«Durante estas terroríficas visiones, el fragmento de Randolph Cárter que había franqueado la Última Puerta, fue arrancado con horror todavía más profundo y que, esta vez, venía del interior: era una fuerza, una especie de personalidad que bruscamente le plantaba cara y lo rodeaba a la vez, se apoderaba de él, e, incorporándose a su propia esencia, coexistía con todas las eternidades y era contigua a todos los espacios. No había ninguna manifestación visible, pero la percepción de esta entidad y la temible combinación de los conceptos de identidad y de infinitud le producían un terror que le paralizaba. Este terror rebasaba con mucho todos los que, hasta entonces, habían podido sospechar las múltiples facetas de Cárter... Esta entidad era todo en uno y uno en todo, un ser a la vez infinito y limitado, que no pertenecía solamente a un continuo espacio-tiempo, sino que formaba parte integrante del torbellino eterno de fuerzas vitales, del último torbellino sin límites que sobrepasaba tanto las matemáticas como la imaginación. Esta entidad era tal vez aquella que evocan en voz baja algunos cultos secretos de la Tierra y que los espíritus vaporosos de las nebulosas espirales designan con un signo que no se puede transcribir... Y, en un relámpago, proyectado aún más lejos, el fragmento Cárter conoció la superficialidad, la insuficiencia de lo que acababa de experimentar, de esto mismo, de esto mismo...»

Volvamos a nuestro discurso inicial. Nosotros no decimos:
Existe, en la vasta llanura silenciosa del cerebro, una máquina electrónica analógica.
Lo que decimos es:
Así como existen máquinas aritméticas y máquinas analógicas, ¿no cabría imaginar, más allá del funcionamiento de nuestra inteligencia en un estado normal, un funcionamiento en un estado superior? ¿No cabría imaginar poderes de la inteligencia que fuesen del mismo orden que los de la máquina analógica?
Nuestra comparación no debe ser tomada al pie de la letra. Se trata de un punto de partida, de una rampa de lanzamiento hacia regiones de la inteligencia todavía salvajes, todavía apenas exploradas. En estas regiones, la inteligencia empieza tal vez bruscamente a fulgurar, a iluminar las cosas habitualmente ocultas del Universo. ¿Cómo logra pasar a estas regiones en que su propia vida se hace prodigiosa? ¿Mediante qué operaciones se realiza el cambio de fase? No decimos que lo sepamos. Decimos que hay, en los ritos mágicos y religiosos, en la inmensa literatura antigua y moderna consagrada a los momentos singulares, a los instantes fantásticos del espíritu, millares y millares de descripciones fragmentarias que habría que reunir y comparar, y que tal vez evocan un método perdido... o un método venidero.

Es posible que la inteligencia roce a veces, como por azar, la frontera de esas regiones salvajes. Ella pone en marcha, durante una fracción de segundo, las máquinas superiores cuyo zumbido percibe confusamente. Es mi historieta de la relavóte, son todos estos fenómenos llamados «parapsicológicos» cuya existencia tanto nos conturba, son estas extraordinarias y raras llamadas iluminadoras, que la mayoría de los seres aptos conocen una, dos o tres veces en el transcurso de su vida, y, sobre todo, en la edad temprana. Nada queda de ello; apenas el recuerdo.

Cruzar esta frontera (o, como dicen los textos tradicionales: «entrar en el estado despierto») supone mucho más y no me parece que pueda ser fruto de la casualidad. Todo inclina a pensar que aquel paso exige la agrupación y la orientación de un número enorme de fuerzas exteriores e interiores. No es absurdo pensar que estas fuerzas están a nuestra disposición. Sólo nos falta el método. También nos faltaba el método, hace poco tiempo, de liberar la energía nuclear. Pero, sin duda, estas fuerzas están sólo a nuestra disposición si dedicamos a captarlas la totalidad de nuestra existencia. Los ascetas, los santos, los taumaturgos, los videntes, los poetas y los sabios geniales no nos dicen otra cosa. Y es lo que escribe William Temple, poeta americano moderno:

«Ninguna revelación particular es posible, si la misma existencia no es por entero un instrumento de revelación.»

Volvamos, pues, a nuestra comparación. La «investigación operacional» nació durante la Segunda Guerra Mundial. Para que se hiciese sentir la necesidad de tal método, «era necesario que se plantearan problemas que escapasen al sentido común y a la experiencia». Los tácticos tuvieron que acudir, pues, a los matemáticos:

«Cuando una situación, por la complejidad de su estructura aparente y de su evolución visible, no puede dominarse con los medios habituales, se pide a los científicos que traten esta situación igual que tratan, en su especialidad, los fenómenos de la Naturaleza, y que construyan una teoría. Construir la teoría de una situación o de un objeto es imaginar un modelo abstracto de ellos, cuyas propiedades simulen las propiedades del objeto. El modelo es siempre matemático. Por su mediación, las cuestiones concretas se traducen en propiedades matemáticas.»

Se trata del «modelo» de una cosa o de una situación demasiado nueva y demasiado compleja para ser captada en su realidad total por la inteligencia.

«En la investigación operacional fundamental, interesa entonces construir una máquina electrónica analógica, de modo que esta máquina realice el modelo. Entonces se puede, manipulando los botones de reglaje y mirándola funcionar, hallar las respuestas a todas las cuestiones en vista de las cuales ha sido concebido el modelo.»

Estas definiciones han sido extraídas de un boletín técnico. Y son más importantes, para formarse una idea del «hombre despierto», para comprender el espíritu «mágico», que la mayoría de las obras de literatura ocultista. Si traducimos modelo por ídolo o símbolo, y máquina analógica por funcionamiento iluminado del cerebro o estado de hiperlucidez, vemos que el camino más misterioso del conocimiento humano —el que se niegan a admitir los herederos del positivista siglo XIX— es un verdadero y amplio camino. La técnica moderna nos invita a considerarlo como tal.

«La presencia de símbolos, signos enigmáticos y de expresión misteriosa, en las tradiciones religiosas, las obras de arte, los cuentos y las costumbres del folklore, dan fe de la existencia de un lenguaje umversalmente extendido en Oriente y en Occidente y cuya significación transhistórica parece situarse en la raíz misma de nuestra existencia, de nuestros conocimientos y de nuestros valores».

Ahora bien, ¿qué es el símbolo, sino el modelo abstracto de una realidad, de una estructura, que la inteligencia humana no puede dominar enteramente, pero de la cual esboza la «teoría»?

Como el modelo que elabora el matemático partiendo de un objeto o de una situación que escapan al sentido común o a la experiencia, las propiedades del símbolo imitan las propiedades del objeto o de la situación representados así de un modo abstracto, y cuyo aspecto fundamental permanece oculto. Entonces habría que conectar y poner en marcha una máquina electrónica analógica, partiendo de aquel modelo, para que el símbolo descubriese la realidad que contiene y las respuestas a todas las preguntas en vista de las cuales fue concebido. Nosotros creemos que en el hombre existe el equivalente de esta máquina. Ciertas actitudes mentales y físicas aún mal conocidas, pueden provocar su funcionamiento. Todas las técnicas ascéticas, religiosas, mágicas, parecen orientadas a este resultado, y seguramente es esto lo que la tradición, que recorre toda la historia de la Humanidad, expresa al prometer a los sabios el «estado de alerta».

Así, pues, los símbolos son acaso modelos abstractos establecidos desde los orígenes de la Humanidad que piensa, partiendo de los cuales podrían hacérsenos sensibles las estructuras profundas del Universo. Pero, ¡atención! Los símbolos no representan la cosa misma, el fenómeno mismo. También sería erróneo pensar que son pura y simplemente esquematizaciones. En la investigación operacional, el modelo no es un modelo reducido o simplificado de una cosa conocida, sino que es un punto de partida posible para el conocimiento de esta cosa. Es un punto de partida situado fuera de la realidad: situado en el universo matemático. Pero también será preciso que la máquina analógica, construida sobre este modelo, entre en trance electrónico, para que se obtengan las respuestas prácticas. Por esto carecen de interés todas las explicaciones de los símbolos que dan los ocultistas. Éstos trabajan sobre los símbolos como si se tratase de esquemas traducibles por la inteligencia en su estado normal. Como si, desde estos esquemas, se pudiese remontar inmediatamente hacia una realidad. Después de muchos siglos de actuar de esta suerte a base de la Cruz de San Andrés, la cruz gamada y la estrella de Salomón el estudio de las estructuras profundas del Universo no ha avanzado un solo paso por su esfuerzo.

Gracias a la iluminación de su sublime inteligencia, Einstein logró entrever (no captar totalmente, no incorporar ni dominar) la relación espacio-tiempo. Para comunicar su descubrimiento, en el grado en que es inteligiblemente comunicable, y para ayudarse él mismo a remontar hacia su propia visión iluminada, dibuja el signo del triedro de referencia. Este dibujo no es un esquema de la realidad. Es inutilizable en general. Es un «¡levántate y anda!», para el conjunto de los conocimientos fisico-matemáticos. Y aun todo este conjunto puesto en marcha en un cerebro poderoso, no logrará encontrar más que lo que evoca aquel triedro, no pasará al Universo en que juega la ley expresada por aquel signo. Pero, al final de la marcha, se sabrá que aquel Universo existe.

Acaso todos los signos son del mismo orden. La esvástica invertida, o cruz gamada, cuyo origen se pierde en el pasado más remoto, es tal vez el modelo de la ley que rige toda destrucción. Posiblemente cada vez que hay destrucción, en la materia o en el espíritu, el movimiento de las fuerzas se conforma con aquel modelo, como la relación espacio-tiempo se conforma con el triedro.

De la misma manera, nos dice el matemático Eric Temple Bell, la espiral es acaso el «modelo» de la estructura profunda de toda evolución (de la energía, de la vida, de la conciencia). Es posible que, en el «estado de alerta», el cerebro pueda funcionar como la máquina analógica partiendo de un modelo establecido, y que penetre así, partiendo de la esvástica, la estructura universal de la evolución.

Los símbolos, los signos, son, pues, acaso, modelos concebidos por las máquinas superiores de nuestro espíritu, en vista al funcionamiento de nuestra inteligencia en otro estado.

Nuestra inteligencia, en su estado ordinario, trabaja tal vez con su pluma más fina en el dibujo de modelos gracias a los cuales, pasando a un estado superior, podría incorporarse la última realidad de las cosas. Cuando Teilhard de Chardin logra concebir el punto Omega, elabora el «modelo» del punto último de la evolución. Pero, para sentir la realidad de este punto, para vivir en profundidad una realidad tan poco imaginable, para que la conciencia se incorpore esta realidad, asimilándola por entero, en fin, para que la conciencia se convierta ella misma en punto Omega y capte todo lo alcanzable en este punto —sentido último de la vida de la Tierra, destino cósmico del espíritu completo, más allá del fin de los tiempos de nuestro Globo—, para que se realice este paso de la idea al conocimiento, sería preciso que se desarrollase otra forma de inteligencia, llámese inteligencia analógica, llámese iluminación mística, llámese estado de contemplación absoluto.

Así, la idea de Eternidad, la idea de Más Allá del Fin, la idea de Dios, etc., son acaso «modelos» establecidos por nosotros y destinados, en otro dominio de nuestra inteligencia, en la zona habitualmente dormida, a darnos las respuestas en atención a las cuales los hemos elaborado.

Hay que comprender bien que la idea más sublime es tal vez el equivalente del dibujo del bisonte para el brujo de Cromagnon. Se trata de una maqueta. Enseguida, las máquinas analógicas se ponen a funcionar sobre este modelo en la zona secreta del cerebro. El brujo pasa, por trances, a la realidad del mundo bisonte, descubre de golpe todos sus aspectos y puede anunciar el lugar y la hora de la próxima cacería. Esto es magia en su estado más bajo. En el estado más elevado, el modelo no es un dibujo o una estatuilla, ni siquiera un símbolo. Es una idea, es el producto más fino de la más fina inteligencia binaria posible. Esta idea sólo ha sido concebida en vistas de otra etapa de investigación: la etapa analógica, segundo tiempo de toda investigación operacional.





Nos parece claro que la más alta, la más ferviente actividad del espíritu humano consiste en establecer «modelos» destinados a otra actividad del espíritu, mal conocida, difícil de poner en marcha. En este sentido puede decirse: todo es símbolo, todo es signo, todo es evocación de otra realidad.

Esto nos abre las puertas del infinito poder posible del hombre. Contrariamente a lo que creen los simbolistas, no nos da la llave de todas las cosas. Desde la idea de Trinidad, desde la idea de Más Allá del Fin, a la estatuilla pinchada con alfileres del brujo campesino, pasando por la cruz, la esvástica, el rosetón, la catedral, la Virgen María, los «seres matemáticos», los guarismos, etc., todo es modelo o «maqueta» de lo que existe en un Universo diferente de aquel en que la maqueta ha sido concebida. Pero «las maquetas» no son intercambiables: un modelo matemático de presa entregado al calculador electrónico no es comparable a un modelo de cohete supersónico. No todo está en todo. La espiral no está en la cruz. La imagen del bisonte no está en la fotografía con la que actúa el médium, el punto Omega del padre Teilhard no está en el Infierno del Dante, el menhir no está en la catedral, los números de Cantor no están en las cifras del Apocalipsis. Si bien hay maquetas de todo, todas las maquetas no forman un todo desmontable capaz de abrirnos el secreto del Universo.

Si los modelos más poderosos proporcionados a la inteligencia en estado de vigilia superior son modelos sin dimensión, es decir, ideas, hay que abandonar la esperanza de encontrar la maqueta del Universo en la Gran Pirámide o en el pórtico de Notre Dame. Si existe una maqueta del Universo entero, sólo puede existir en el cerebro humano, en la extrema punta de la más sublime de las inteligencias. Pero, ¿es que el Universo no puede tener otros recursos más que el hombre? Si el hombre es un infinito, ¿no puede ser el Universo el infinito más otra cosa?

Sin embargo, el descubrimiento de que todo es maqueta, modelo, signo, símbolo, conduce al descubrimiento de una llave. No la que abre la puerta del misterio insondable, que, o bien no existe, o bien está en manos de Dios. Una llave, no de certeza, sino de actitud. Se trata de hacer funcionar una inteligencia «diferente» de aquella a la que son presentadas las maquetas. Se trata, pues, de pasar del estado de vigilia ordinario al estado de vigilia superior [del pensamiento secuencial al pensamiento trascendente].

Se trata de pasar al estado de alerta. No todo está en todo. Pero velar lo es todo.